Roca Rey, protagonista de la revista “Somos”, de El Comercio de Perú

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GUARISMO DEL OCHO

El periodista Jaime Bedoya hace un análisis de la tauromaquia y de la figura de Andrés Roca Rey en la prestigiosa revista SOMOS del grupo El Comercio de Perú en una entrevista que no dejará indiferente a nadie. El torero limeño habla con la sinceridad que acostumbra tanto dentro como fuera de la plaza.

En España, el nombre de Andrés Roca Rey convoca multitudes y escarapela sistemas nerviosos. El peruano conmociona la zona de confort de la tauromaquia contemporánea, refresca la edad de la afición y refrenda con sus actos una verdad incómoda pero indispensable en el toreo: sin riesgo no hay arte. Viene a Lima para la feria de Acho 2022.

“Aunque suene feo, estás dispuesto a dar tu vida en una tarde”

Los limeños no mueren por valientes, sino por ademán estético. Las palabras de un amigo sabio y honorable, insospechable de ranci­dez, cortan la neblina. Es más, es caviar. Tra­tamos de aclarar las razones de una afición anacrónica y mal vista que compartimos y que estos tiempos inscriben, a mucha honra, en los terrenos de lo políticamente incorrec­to y, por ende, de lo digitalmente linchable. Se trata de la tauromaquia, o el discutible oficio de matar reses de lidia en público como si de una danza mortal, no siempre con ventaja, se tratase.

Sin el inusual y absoluto atributo del va­lor, no hay toreo, hay farsa. Lo mismo surge­ de con la muerte. Si esta no existiera como posibilidad real de una corrida, el acto no pasaría de ser una carniceria vistosa y cara, aunque cobarde. Tampoco sirve la coartada culta, ese argumento snob: nadie se ha he­cho torero viendo Picassos con un meñique elevado. No hay atenuantes: te haces torero matando animales que solo revierten su sacri­ficio demostrando una bravura que al mismo tiempo es su condena. La tauromaquia mundial, mayorita­riamente dominada por España con un celo que a veces raya en lo xenofóbico, está siendo retada por un peruano que ha hecho de su valentía un cre­do y una contingen­cia. Primero, para él mismo. Y luego, para el matador comodón que con la debida estrategia social y la tramposa maña en el ruedo corre más riesgos manejando su auto que cuando está frente a un toro. Puede sonar crudo, pero es cierto: Andrés Roca Rey tiene muchísimas más posibilidades de morir por valiente que el peatón común.

Superficialmente parecería que estuviera enamorado de la muerte. No es así. Ella se invita sola. Podría pensarse que lo hace por dinero. Tampoco, no es un suicida al servi­cio del espectáculo. Es algo más ambicioso, o iluso, según cómo se catalogue el ham­bre de gloria. Desde indocumentado, está convencido de que lo que hace es llevar a la acción una filosofía de vida etérea y fugaz que desaparere en el mismo momento en que sucede. Una en la que, manchándose de sangre animal y de la propia, se juega la existencia en nombre de algo que a falta de mejor definición refiere como “verdad”. Esa tremenda y trajinada palabreja que en su caso podría insospechadamente sostenerse en una milonga borgiana: si hay algo en la vida de lo que nunca nadie se ha arrepenti­do en la tierra es de haber sido valiente.

En su caso, la vocación, valor y destino fueron lo mismo. Él hacía lo que hacía su hermano. Y su hermano era novillero. Ini­cialmente sus padres no estaban seguros de si el tema iba en serio. Una primera confirmación fue en el año 2004, cuando Rafael Puga le hizo firmar su primer con­ trato, casi a manera de juego, para presen­tarse en la parte seria del Toro Match de Mamacona. Esta era la contraprestación establecida en la cuarta clásula, una tarde de septiembre de ese año:

-Seis entradas de barrera para su familia y su enamorada.

-Dos sandwiches de pollo.

-Dos gaseosas.

-Dos porciones de salchipapas.

-Dos brownieso alfajores.

-Dos entradas para discoteca.

La quinta cláusula era una exoneración de responsabilidades, por razones de fuerza mayor:

-El organizador no asume responsabili­dad en caso el novillero sin caballos sufra un percance durante su actuación, como con­ secuencia de su estilo temerario de torear.

Roca Rey terna 7 años y de juego se hacía llamar ‘El Andy’, imitando a su ídolo El Juli. Siete años después, a los 14, se le presentó la siguiente prueba: irse a vivir solo a España a intentar ser torero. Su madre no lo fue a despedir al aeropuerto. Su hermano no lo abrazó, solo le dio la mano: a partir de hoy te conviertes en un hombre, le advirtió.

Un matador no niega la muerte


Roca Rey tiene un logotipo propio y bordea los 200 mil seguidores en Instagram, gene­rando una contradicción moderna. Cuando postea una foto toreando, las redes sociales la ocultan bajo una advertencia respecto a la sensibilidad. Mientras, la guerra contra Ucrania se transmite por TikTok. El ganado de lidia no existiría más en la tierra de no ser por las corridas de toros. No es animal manso que pueda vivir y morir encajonado para acabar siendo hamburguesa, carne perfectamente instagrameable.

Antes de ayer, Roca Rey mató dos anima­les de más de 500 kilos en la plaza de Las Ventas. Se presenta en la recepción del Westin Palace con desafiantes mocasines de colorada piel vacuna. Su postura delata su oficio. El peruano que está refundando la tauromaquia, jugán­dose la vida como si fuera un arte escénica, en persona parece un niño demasiado alto, inmune a un sacrificio inminente.

¿La tuya es una profesión anti­cuada?

Vivo en el campo, co­nozco a los animales, estoy con ellos todos los días. No estoy frente a una computadora en una oficina. Sé cuál es el motivo por el cual está cada animal. Es normal que una persona que vive en la ciudad, en el tráfico, alejada del mundo rural, pueda llegar a pensar que la leche sale de la refrigeradora. Es decir, sabe de dónde viene, pero no quiere reconocer ni quiere ver la realidad de cómo llega hasta su boca. Eso sucede con la comida, así como con muchos placeres que tiene el humano. Así como no quieren aceptar esas cosas, ¿tampoco quieren aceptar quizá la muerte, no? Tengo la suerte de ser torero, me considero un privilegiado, pero es verdad que convives con esa sensación de la muerte muchos días del año. No me gusta negar la muerte. Sé que me va a llegar algún día y me gusta hablar de ella. Me gusta hasta sen­tirla cerca de mí. Es una manera de disfrutar la vida y de apasionarte.

¿Qué es un toro para ti?

Es un animal muy frágil, tienes que estar sobre él todos los días. Son animales bravos que se matan entre ellos. No sirven como proveedores de carne porque no llegan a tener un peso excesivo. Para lo único que sirven es para ser toreados y tener la opor­tunidad de defender su vida. Y de poder matarte. Al toro bravo se le recuerda, es his­toria. De un animal manso, hecho comida, nadie se acordará nunca más.

¿Ya en el ruedo, cómo te encuentras con el animal?

Depende. Depende también de tu interior. Muchas veces sale un toro y empieza a hacer cosas que te transmiten algo. Luego hay ve­ces que sale uno que no es tan bueno, pero ní, en su forma de embestir, en el tacto con la muleta, con el capote, empiezas a ver que hay algo dentro de él que aún no lo saca. Toreas para él. Para para que le brote esa bravura y al final puedas crear una obra de arte, no solo una faena.

En ese momento, ¿para qué sirve el público?

Es verdad cuando dicen que hay que torear con el oído. Es importante saber cuándo el público está contigo, cuándo no. Igual, en los principios de faenas, para llegar a tener esa conexión tan especial con el animal tienes que olvidarte de todo y poner un cristal sobre ti y el toro. Una conexión absoluta. Luego recién presentas tus capaci­dades a terceros. Ahí rompes el cristal que estás creando. Si tú toreas para el público y buscas el aplauso, será algo fácil y fingido. Uno realmente tiene que sentir y exponerse. Tienes que jugarte la vida. Pero sobre todo tienes que sentir. Una vez que sientes, ellos sienten.

Repitiendo a Belmonte: se torea como se es.

Y se torea tal como estás. El traje de luces es transparente.

Algo más oscuro que el miedo

Se le atribuye a la juventud la voluntad de aceptar condiciones ambiguas y resultados inciertos. Así nacen los héroes, la carne de cañón y la carne de toro, que es una de las maneras despectivas con que se refieren a los toreros demasiado osados. Roca Rey ha visto morir a por lo menos cuatro amigos y colegas suyos. Tiene actualmente 25 años, la misma edad con la que uno de sus ídolos, José Gómez Ortega Gallito muriera de una cornada en el vientre.

¿A veces el toro puede transmitirte una sensación perversa?

¿Que me dé miedo?

Algo más oscuro que el miedo.

He pasado más miedo los días que no he estado mentalmente completo. Eres humano y en 80 corridas no puedes estar las 80 al 100%. Física­mente sí. Pero mentalmente no. Muchas veces te levantas pensando que un toro te va a matar o dejar en una silla de ruedas. Esas sensaciones son realmente desagradables. Aunque suene feo, estás dispuesto a dar tu vida en una tarde. Porque sientes que por esos días naces y por esos días estás dispuesto a morir.

¿Cómo entiendes el valor?

Es la superación del miedo. El miedo siem­pre está presente. Aprendes a relacionarte y, digamos, a ser amigo de él. Pelearte con él es una tontería.
Has mencionado la muerte repeti­damente.
Los toros hieren y muchas veces matan. Yo no estoy porque me hayan obligado, ni estoy por, por, por nada. Estoy porque me gusta, porque es una pasión y una ilusión que ten­go desde que era un niño. En esos momen­tos turbios y esos momentos difíciles por los que pasa el ser humano, me pregunto, ¿por qué no siento nada ahora mismo? No hay nada más triste que jugarte la vida así, sin sentido. Es insípido.
Superar el miedo a la muerte a tra­vés del valor ante miles de personas debe generar un placer superlativo.

¿A qué se le compara?

Nunca voy a saberlo que es meter un gol en el Bernabéu. Pero sí te puedo decir lo que se siente pasarte un toro con dos puntas y de 600 kilos en Las Ventas de Madrid. No te lo puedes imaginar. No quieres que termine. Quieres que se convierta en eterno.

¿Hasta cuándo se torea?

Se dice que hasta que el cuerpo lo permita. Yo soy más de pensar que hasta que la mente te lo permita.

El Torero y Neptuno


Roca Rey coge el capote en un salón del hotel. Cita y torea a una bestia imaginaria. Cuando torea así, a solas, lo hace escuchando ranche­ras y a Chabela Vargas. El toreo de salón es su yoga, dice.Tiene un amigo chino que le refirió un refrán oriental que siempre tiene presente en el ruedo. No lo recuerda de memoria pero es algo así:cuando estés en medio de una tor­menta, búscate a ti mismo.

En esa enseñanza china debe pensar cuando realiza uno de los pases que ha convertido en temeraria firma taurina, la bernardina. Calza dentro de la definición de lo irrealizable hecha por otro torero, Guerrita: lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible.

Roca Rey hace lo imposible en su versión de la bernardina. Cita al toro con la muleta detrás del cuerpo. En lo que dura la embes­tida del animal, cambia una, dos y hasta tres veces la ubicación de la muleta, dándole la posibilidad de partir lo en dos en cuestión de segundos. Sus detractores dicen que eso no es toreo de ¡ole!sino de ¡uy!

¿Cómo decides los tiempos de ejecu­ción de ese pase?
Voy midiendo mis posibilidades de tener éxíto. Si calculo entre 60 a 55% posibilida­des a favor, pues lo hago.

Eso es una ruleta rusa. ¿Una voz no te dice que no lo hagas?
Sí.

¿Entonces cómo lo haces?

¡Haciéndolo!
El torero y su cuadrilla, todos de civil, salen a la calle rumbo a la fuente de Neptuno. Las miradas siguen a este semidios del ruedo que habita entre ellos, mortales con temor a la vejez, a los impuestos o al cáncer. El matador quiere desplegar su capote frente al dios Nep­tuno. Cruza el Paseo del Prado despreocupa­damente, ante el nerviosismo de su cuadrilla. Un bus frena sin que se lo pidan, mientras el chofer niega algo con la cabeza. El matador no camina, discurre. Las prisas son para los cobardes y los delincuentes, dijo una vez un torero imaginario.

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