Pablo Aguado, Puerta Grande en Castellón

Reseña



PATRICIA PRUDENCIO MUÑOZ

Morante de la Puebla recibió al primero de la tarde alargando la embestida con el capote en una mano. El animal no mostró interés en la franela, entrando a un tranco desinteresado e incierto. Entre mimos, lo fue sacando hacia el tercio, llevándolo en largo, imponiendo una mano cadenciosa y lenta. Uno a uno, al natural, terminó por hacerlo pasar, dominando la altura y la distancia. Mató con acierto y paseó el primer apéndice de la tarde.

Emilio de Justo saludó al de Juan Pedro Domecq que entró sin armonía. Empezó el último tercio por abajo, enseñando la embestida, de menos a más, con una entrega absoluta del matador de toros. El animal seguía soltando la cara, descompuesto, sin uniformidad ni lucimiento. Firme ante la incertidumbre de una embestida que buscaba y que terminó por desarmarle. Se tiró a matar, pero dobló con el golpe de cruceta.

El tercero de la tarde echaba la cara bajo, algo suelto. Lo esperó genuflexo con la rodilla anclada en la arena, toreándolo de principio a fin. El toreo parece fácil en las manos de Aguado, dejando la franela muerta en el morrillo al tiempo que tiraba con dominio de las embestidas del de Juan Pedro. Mató con rotundidad, para después cortarle las dos orejas.

Tomaba el testigo Morante, marcando el ecuador del festejo, con un recibo sutil y de brega. Lo llevó por abajo en los primeros compases de la faena. Soltaba la cara, descomponiendo la embestida al tocar la tela. No resultó una faena fácil, pues al astado hubo que buscarle las teclas. No tuvo acierto con la espada.

Emilio de Justo lo saludó con quietud y despaciosidad, para después sacarlo hacia tercio, justo cuando lo desarmó. La embestida encastada del de Juan Pedro no favorecía, se quedaba corto, y algo dubitativo en la tela del extremeño. El diestro trató de tirar del animal muy despacio, pase a pase, acortando las distancias, poniendo todo lo que le faltaba al astado. Entraba a un tranco cansino y poco definido. Acertó al segundo intento con la espada. 

Pablo Aguado templó en su salida al último de la plaza.  Un inicio genuflexo dejaba una buena carta de presentación. Lo aguantó hasta culminar cada uno de los pases.  Se lo envolvió a la cadera en una mezcla de temple, cadencia y compás. La despaciosidad, fijeza y humillación del astado encontró el ritmo, a pesar de las condiciones, en la tela. La suerte suprema la ejecutó sin acierto.


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