Aitor Fernández triunfa en el Festival de Chinchón

 Crónica 


PATRICIA PRUDENCIO MUÑOZ 

Chinchón despertaba, su tradicional festival taurino regresaba al municipio madrileño. Volvían a lidiarse los astados de Antonio Bañuelos, unos ejemplares variados en comportamiento, pero con el juego justo para aprovecharlo en tandas cortas y medidas. Hubo muchas teclas. El cartel, compuesto por Manuel Escribano, Andrés Palacios, López Simón, José Garrido, Álvaro Lorenzo, Aitor Fernández y Álvaro de Chinchón, se entregó ante un público al que le costó encontrar el compás con lo que ocurría en el ruedo. Parecía no haber terminado de romper la tarde, a pesar de los detalles que cada personalidad dejó en el albero.

Manuel Escribano abrió la tarde con un ejemplar de Bañuelos al que recibió con una larga cambiada de rodillas para después continuar desde el suelo lanceándolo. Tras un tercio de varas resuelto, llegó el de banderillas, que ejecutó el matador de toros, dejando los palos hasta en cuatro ocasiones. Empezó la faena agarrado a tablas, tanteándolo por ambos pitones, para después sacarlo más allá del tercio y culminar el inicio. Este dio paso a la primera tanda con la mano derecha, conduciendo la embestida, envolviéndosela al cuerpo. Siguió al natural de uno en uno, intentando que no tocara la tela, pues descomponía su embestida. Acabó la serie en sus terrenos, con un astado que se quedaba corto y sin longitud en la franela. Lo soltó y lo dejó salir, pero siempre con los vuelos en el morrillo para que volviera. Su embestida irregular entraba con violencia en la tela, no le gustaba sentirse podido. Hubo acierto con la espada, pero no al primer intento.

Andrés Palacios recibió al segundo de la tarde lanceándolo a la verónica, estirandose con el con suavidad hasta sacarlo a los medios. Tras brindar a su apoderado, José Manuel Rozalén, inicio la faena en las tablas, para sacarlo al paso, muy despacio hacia los medios. Junto ahí lo toreó al natural, alargando las embestidas, mostrándole la salida, componiendo una faena de ritmo. Empezó los muletazos a media altura, para después bajarle la mano y exigirle. El de Bañuelos fue un novillo soso que transmitió, había que darle su sitio y su tiempo, siempre midiendo las distancias. Con la faena justa, después que fuera volteado, culminó con un par de tandas y cambió la ayuda por la espada. La intermitencia y las embestidas con empuje a dos tiempos dificultó el último tercio.

López Simón lo fue llevando hacia los medios  muy despacio, templando, sin evitar que se le enganchará uno de los pitones en la tela y lo desarmara. El animal salió suelto y sin empeño. Inició el último tercio de rodillas, sometiéndolo, al tiempo que lo iba sacando de las tablas, tirando del animal. El de Bañuelos mostraba ritmo y continuidad permitiendo al madrileño ligar las tandas con buen compás. Tocaba y se lo llevaba detrás de la tela, con suavidad, sin tirones. Despertó a los tendidos del coso madrileño, sin dejar pausas, poniéndole la muleta en el morrillo y aprovechando los vuelos para dar mayor ligazón a su faena. Por el pitón derecho, mostraba alguna dificultad más, pero citándolo abajo y después abriendo la embestida lo suavizó, perdiéndole pasos y volviendo a componer la tanda. Le costó cuadrarlo, para después fallar con los aceros. Pero pudo cortar la.primera oreja de la tarde

José Garrido continuaba la tarde  con un saludo en el que fue llevando la embestida hacia adelante, llevándolo al paso, estirándose a la verónica. El extremeño lo probó por ambos pitones, también genuflexo, tanteándolo por abajo, obligándolo a humillar. Buscó los terrenos en los medios y aprovechó las distancias largas para después mantener la inercia y envolvérselo. Sin embargo las fuerzas y el motor eran limitados, por lo que hubo que dosificar en un tira y afloja continuado. Citaba abajo, conduciendo con mucha suavidad una embestida que trataba de salir ajena a la tela. Tocaba y alargaba con su brazo, tratando de dotar de mayor longitud a los muletazos. En la suerte suprema hubo determinación.

Álvaro Lorenzo, con la sutileza que lo caracteriza, saludó al que le tocó en suerte, encelándolo en el capote, sin que se le fuera, llevándolo más allá del tercio.  Con la pierna flexionada, no esperó para sacarlo hacia los medios, el animal apretaba y el toledano, lo dejó ahí para empezar a llevarlo al natural, en primera tanda de brazo atrás y alargar. El animal entraba con fuerza y con ritmo, mirando, saliendo con la cara alta y con un pequeño latigazo con el que buscaba. Había que templar y parar, así que Álvaro, que se encontró en suertes con un astado de escasa entrega, trató de retener la embestida en la tela con los vuelos en la cara.  Se quedaba corto y tenía que terminar de pasarlo, sin que la faena terminara de romper. Hundió el acero tras varios pinchazos.

Llegaba el turno de los novilleros locales, primero Aitor Fernández como novillero con caballos. El saludo capotero estuvo muy medido, muy vertical, metiéndolo en el percal. Tras brindar a Alberto López Simón, comenzó la faena de muleta, de rodillas, desde los mismos medios, sin probaturas. El animal se arrancó con garbo y comenzó a ligar aprovechando la inercia, aunque tuvo que levantarse, evitando que se le metiera por dentro. Siguió en los medios, con una tanda al natural en la que el animal no debía tocar la tela, pues a pesar de la pulcritud en los comienzos del muletazo, salía soltando la cara. Logró unir unos pases con otros sin moverse, atalonado en la arena, dejando que el animal pasara. Lo quiso llevar lejos al natural, llevándolo hasta donde su brazo le permitía. El animal pedía tela y tragaba, salvo algunas miradas y coladas por dentro, le dio juego y continuidad. Culminó con una buena estocada.

El hambre novilleril, las ganas y la garra se adueñaron de la plaza de Chinchón. Álvaro, el novillero local recibía al eral de Bañuelos con tres largas afaroladas de rodillas. Lo tanteó mientras lo sacaba al paso, pero encauzando la embestida, envolviéndosela en el cuerpo. Toque firme y fijador, para después tirar del astado. Por el pitón derecho entraba algo más recto, metiéndose por dentro. Hubo continuidad, pero sin evitar que ese pitón derecho fuera buscando el cuerpo. Cambió al natural, perdiéndole pasos para después que embestida y cite encontraran un punto de encuentro y compás. Se lo quiso hacer por abajo, pero la embestida intermitente y descompuesta se hacía cada vez más evidente. Le volteó quedando a merced de los pitones, viajando por su cara en un derrote. Hubo mucha exigencia. Tirando del animal hacia delante encontró una tanda con ritmo y algo más de orden.

Chinchón. Ejemplares de Antonio Bañuelos para Manuel Escribano, ovación; Andrés Palacios, palmas; López Simón, oreja;  José Garrido, oreja Álvaro Lorenzo, palmas; Aitor Fernández, dos orejas;  Álvaro de Chinchón, oreja.

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