De poder a poder

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PATRICIA PRUDENCIO MUÑOZ 


Tarde de contrastes en la nueva cita de la Copa Chenel en Navas del Rey. Tarde en las que los matadores de toros sacaron raza y mucha garra para exprimir a los de su lote y construir faenas. Los de Flor de Jara dieron un juego variado, de más a menos, acudiendo a las tablas para culminar los últimos compases del último tercio. Por otra parte, los de Baltasar Iban salieron con genio, quizá los que más peligro e intenciones mostraron en toda la tarde fueron el cuarto y el quinto, toros complejos. Fernando Robleño, Adrián de Torres y Lama de Góngora dieron forma a una tarde en la que destacó la firmeza y solera de Robleño; la solvencia y valor seco de Adrián de Torres; y la capacidad, poder y dominio de Lama de Góngora. Se ganaron la Puerta Grande, pero solo dos cruzaron en hombros La Criticá.

Abría la tarde un ejemplar de Flor de Jara al que Fernando Robleño frenó sin lograr encelarlo, fue muy comedido sujetando al astado. El tercio de varas brilló por el desgobierno, con un picador que no conocía sus terrenos. Tras brindar al público inició la faena de muleta, tanteándolo genuflexo, para después andarle hasta sacarlo a los medios. Siguió sobre el pitón derecho, sin lograr que el animal humillara, costándole prontitud en el cite. Ligó los muletazos, en tandas cortas, pero bien trazadas en las que le exigió por abajo, dejándosela puesta, con una mínima apertura en la muerte del natural. Al natural, el empeño entró en decadencia, así que recuperó el pitón derecho, enroscándose con él astado, sin quitarle la franela de la cara, tirando uno tras otro, sin parar. Lo colocó en suertes y mató con acierto.

Adrián de Torres frenó con delicadeza meciéndolo en sus brazos, envolviéndolo en el percal hasta rematarlo por una media. Se lo pasó por alto, probando las distancias, dejando que pasara sin exigirlo, sin componer todavía la embestida. Probó la media distancia, para después aprovechar la inercia y ligar entre series cortas y medidas, en las que todavía no le bajaba la mano. Metido en el sitio, cruzado, le arrastró la muleta cadenciosa con lentitud y gusto. Al natural, había que estar muy colocado para que el animal atendiera a sus demandas. Hubo cuatro naturales que desbordaron sabor, desmayo y torería, justo antes de que el animal acusara de querencia. Adrián de Torres quiso dibujar los últimos compases en las tablas, dándole todas las ventajas, pasando más de un momento de apuro en el que el animal entró recto sin distinguir cuerpo de engaño. La espada caída y trasera tuvo un efecto fulminante.

Lama de Góngora saludó al tercero de la tarde, un animal que salió rematando en tablas. Lo pasó por alto, tratando de que no le tocara la tela. Le abrió alejándoselo del cuerpo, evitando que se le quedara encima, pues se volvía rápido, sin terminar de pasar. Sobre el pitón derecho completó la tanda, perdiéndole pasos, manteniendo siempre las distancias, llevándolo tapado para que solo pudiera ver la franela. Destacó el trazo largo, recetándole los muletazos de uno en uno, para recomponer las series y evitar que las embestidas desagradecidas del astado deslucieran. Faena de muchos cuidados y pocos excesos. Falló con los aceros, teniendo que entrar, en varias ocasiones, a mata.

El de Baltasar Iban marcaba el ecuador del festejo en las manos de Fernando Robleño. Salió con muchos pies, arremetiendo con fuerza en el capote del madrileño. Lo tanteo ligeramente en los primeros compases, buscando el término medio en el que ambos se entendieran. El animal entraba recto, metiéndose por dentro, soltando la cara con violencia en la muerte del natural, sin tragar más de dos muletazos seguidos. Trazó la faena en paralelo, a base de garra y mucho genio, por parte de Fernando Robleño. Se cruzó e insistió para empezar las siguientes series, estando muy por encima del animal. No hubo uniformidad, robándole cada muletazo a base de raza. Culminó su buena actuación con una única estocada con la que el animal dobló.

Al quinto de la tarde lo lanceó Adrián de Torres en una meritoria labor de brega. No tardó en cambiar los terrenos a un animal áspero. En la muleta, el astado buscó la colocación, para después recetarle un cite delantero y meticuloso que arrastraba su embestida hasta el cauce de un muletazo en el que, a pesar de las adversidades que este presentaba, dominó  la quietud. El animal no debía tocar el engaño, pues se adueñaba de él la brusquedad, convirtiendo la faena en un tira y afloja de poder a poder. Lo buscó en sus terrenos, a pitón contrario, para después comenzar a ligar sobre el derecho al dejarle los vuelos en la cara. No terminó de romper, pero Adrián de Torres derrochó solvencia y mucho valor. En la suerte suprema le falló la espada. 

Lama de Góngora no lo dejó correr al último de la tarde, lo guió con sus brazos para envolverlo en el percal hasta sacarlo a los medios. Al toro se le completó el tercio de varas, tomándolo en la larga distancia, desde donde se arrancó el animal, igual de aplaudido fue el tercio de banderillas. Lo recibió genuflexo en un trazo rectilíneo,  sacándolo a los medios, sin dejar que se frenara. Le dio tiempo y sitio para seguir con tandas bien construidas en las que citó, tomó y, encajado con él, solo debía tenderle la muleta para tenerlo de vuelta. El animal respondía con obediencia y prontitud al poder y dominio que Lama de Gongora demostró. Lo llevó, totalmente, encajado, bajándole la mano, toreando con una despaciosidad pasmosa que llegó a parar el tiempo. Culminó con una estada rotunda.

Navas del Rey. Toros Flor de Jara y Baltasar Iban para Robleño, oreja y dos orejas; Adrián de Torres, dos orejas y ovación tras aviso; Lama de Góngora, ovación tras avisos y oreja.

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