Plenitud en La Corredera

 En Directo 


PATRICIA PRUDENCIO MUÑOZ 


La Corredera celebraba la segunda de abono con Javier Cortés, Miguel de Pablo y Francisco José Espada, que se midieron a los astados de Domingo Hernández. Los astados fueron variados, dando un juego limitado en los que, en su mayoría, no se les podía llevar la contraria, llevándolos entre cuidados y ajustando las tandas. Fue una tarde en la que la plenitud iluminó la cara de Javier Cortés y de los aficionados, con ese toreo que llena de citar, tirar y paso atrás, con un trazo repleto de profundidad, en el que la embestida llega hasta el final y desembocar en un nuevo muletazo. Tras su percance en Linares, Colmenar se celebraba tan solo dos días después. Hubo incertidumbre y momentos de mucho peligro en el que Cortés salió por los aires. Sin embargo, aquello no le impidió cortar las dos orejas al segundo de su lote y salir en hombros. Miguel de Pablo paseó una orea, la primera que se cortó en el festejo, con una primera faena mucho más elaborada, en la segunda abrevió, considerando que wl último tercio estaba más que completado. Francisco José Espada no se quedó atrás con un trazo repleto de determinación en el que guió al astado, ciñéndose con verdad. Sin embargo, fueron los aceros los que le privaron de mayores triunfos. Fue en su segunda faena cuando cortó su segunda oreja y salió en hombros, junto a Javier Cortés.

Abría la tarde Javier Cortés, dos días después de su percance, para saludar a un primer ejemplar suelto al que cambió los terrenos y logró fijarlo en los medios, a base de voz. El madrileño se decantó por un ligero tanteo genuflexo, sacándolo del tercio y empezar a torearlo sobre el pitón derecho. El animal venía recto, metiéndose por dentro en ocasiones. Lo tocaba, abría, dotándolo de amplitud con los vuelos en el toreo al natural. Algo más áspero en su salida se mostró sobre el pitón derecho. La mano baja y cadenciosa, acompañada de su toreo encajado, clásico y de poder, lo metieron en los vuelos, los cuales le dejaba en el morrillo hasta el inicio del siguiente muletazo, llevándolo cosido a la tela. De citar, guiar y paso atrás. No logró matar al astado al primer intento, pero finalmente la espada fue certera.

Miguel de Pablo eligió una larga cambiada de rodillas en el tercio para recibir al segundo de la tarde, para después encelarlo a la verónica. No dejó a nadie indiferente llevando al toro al caballo. El animal, descoordinado, acudió con alegría a los primeros muletazos del diestro en la faena de muleta. Lo probó entre algodones, pero aprovechando al máximo la inercia y la movilidad que este le prestaba. No hubo mal trazo en la faena del matador de toros, que abrevió las tandas, midiendo muy bien los terrenos para que todo jugata a favor del astado, del que solo debía guiar la embestida. Uno a uno atemperó la embestida, evitando que este le tocara la tela, sujetándolo a media altura para que no perdiera las manos. Mató con aseo y acierto.

Francisco José Espada lo dejó correr ligeramente para después ceñirse a él y trazar un saludo capotero ligado. Inicio cadencioso en el que le estuvo andando para sacarlo hacia los medios. No se le podía obligar por abajo, así que buscó la media altura, aprovechando la inercia del propio animal para encelarlo en la tela y trazar un muletazo curvilíneo de cite delantero y paso atrás para darle continuidad. Solo había que dejársela puesta en la cara para que el animal la volviera a tomar. Por el derecho le bajó la mano, sometiéndolo, encajándose con el astado. Algo más rectilíneo fue al natural, donde se lo ceñía a la taleguilla. En la muerte de cada natural lo devolvía a la franela con un amplio giro de muñeca en el que abarcaba toda la embestida. Cerró la faena entre manoletinas, poniendo al respetable en pie. Fue en el golpe de verduguillo donde lo pasaportara.


Javier Cortés no dejó que el segundo de su lote se dispersara, así que lo frenó y enceló en el percal, entra caricias, bregando con su embestida. Lo tanteo genuflexo, andándole, al tiempo que lo sometía por abajo.  El viento empezaba a incomodar, pero Cortés mantuvo firme la franela, exprimiendo las embestidas. Sin embargo, le ganó terrenos y Cortés perdió el equilibrio, resultó prendido, saliendo por los aires, aunque sin aparentes consecuencias. Retomaba la cara del animal y empezaba a sonar la música de nuevo, entre la incertidumbre de la embestida recta y escasa que este pautaba. El animal se quedaba corto, sin dejar margen de error. Era andarín y protestaba menos en el tercio, no se le podía llevar la contraria y lo único que debía ver era la muleta, sin dejarlo elegir. Hubo más de un momento en el que Cortés dejó a la plaza conteniendo la respiración. Decidió no alargar en exceso y cambió la ayuda por la espada, hundiendo el acero en lo alto.

Miguel de Pablo saludo al quinto de la tarde, un astado suelto, totalmente desentendido de la tela. Reinó la incertidumbre en el tercio de varas, cuando el astado derribó al caballo y se enceló con el sin que pudieran quitárselo de encima. Los primeros compases de la faena fueron templados, buscando las distancias y los terrenos, sin forzarlo en exceso. Era un animal protestón que soltaba la cara y que no le gustaba sentirse podido, volviéndose algo más violento en cuanto tocaba la franela. Miguel de Pablo le dio aire, tratando de encontrar el ritmo en el que ambos pudieran bailar a un mismo compás. El diestro le dejaba los vuelos en el morrillo para tirar con el pico del engaño y encauzarlo en un trazo más uniforme y pulcro. No hubo acierto con la espada.

Francisco José Espada recibió al último de la tarde entre apuros, se le vino recto apretando en tablas. Lo tanteó a pies juntos, muy firme, pasándoselo por ambos pitones. Empezó con una primera serie de distancias cortas en las que ligó al animal en un sin fin de muletazos, en los que lo llevó cosido a la tela. A base de tocarlo lograba terminar de meterlo. El animal empezaba a no terminar de pasar, sin culminar los remates de cada serie. Empezó a perder interés en la tela y lo encontró en el cuerpo del matador de toros, que necesito abrirlo y mostrarle la salida para que no se le quedara encima. Aguantó los parones en mitad de los muletazos, buscando la alternativa a aquella embestida. No le faltó valor y ahora sí lograba hundir el acero con acierto.

 Plaza de toros de Colmenar Viejo. Toros de Domingo Hernández para Javier Cortés, ovación y dos orejas; Miguel de Pablo, oreja; Francisco José Espada, oreja tras aviso y oreja.



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