Un clasicismo desbordante

Crónica 


RICARDO BEDIA


  

En una tarde  condicionada por las circunstancias meteorológicas, por un ruedo, el de Villanueva del Arzobispo, que tuvo que estar tapado por la lluvia, en el que que había estado cayendo desde varias horas antes de la celebración. Finalmente se pudo celebrar, sin novedad en lo relativo al tiempo atmosférico, salvo por el viento ocasional que pudo molestar en el quehacer de los diestros. Se jugaban toros de la ganadería de Santiago Domecq cinqueños y de parejas hechuras.

El primer toro salió distraído y frio, no pudiendo hacer nada a destacar Diego Urdiales con el capote. En un error de lidia cuando los dos caballos de picar estaban saliendo al ruedo, el toro se lanzó a por el que hacía puerta, para después en un total desgobierno de la lidia ir a buscar al caballo que le hubiera correspondido picar. El tercio de banderillas se convirtió en un trámite. Diego Urdiales comenzó su faena con la muleta en la tablas, llegando al público. Realizó un toreo de buena calidad, sobre la mano derecha, con gusto, clase y elegancia. Al cambiarse de mano la muleta para torear al natural, dio dos tandas con el mismo aire que había enseñado en las tandas con la derecha. Dos tandas con la derecha ya con el toro con menos aire que en las tandas anteriores. Mató de estocada entera en la suerte contraria, algo desprendida. Finalmente, tomó el descabello para finiquitar al toro, necesitando sólo un golpe de verduguillo. El toro fue despedido con palmas en el arrastre, así como el torero se vio obligado a recibir una sonora ovación desde el tercio.

El segundo toro fue recibido por Emilio de Justo con un brioso toreo de capa que llegó a los tendidos, sacando un toro, embebido en el vuelo del capote, desde las tablas hasta los medios. En el tercio de varas el toro empujó con la cabeza alta, recibiendo un largo puyazo abroncado por el público, que en principio parecía excesivo. La cuadrilla del diestro extremeño se lució en el tercio de banderillas, pues el toro tenía pies y facilitaba el lucimiento. Tras brindar al público, el diestro propinó cuatro tandas de un toreo que derrochaba poder, clase y elegancia, además de un clasicismo desbordante. El toro respondía con codicia y repetición ante la muleta del diestro. Por la izquierda el toreo era mucho menos lucido y presentaba más peligro. La plaza ya se había convertido en un manicomio. El diestro volvió por la derecha para dar unos pases más al toro. Ofreció al público una serie final de adorno ejecutando una gran estocada recibiendo, con la que el toro cayó muy pronto, pidiéndose los trofeos, incluso el rabo que el presidente no concedió, sacó dos pañuelos blancos y el azul premiando al toro con la vuelta al ruedo.

El tercer toro salió con brío de chiqueros y Juan Ortega le saludó con un ramillete de tres verónicas y una media. El toro fue alegre al caballo para quedarse dormido en el peto. El animal al salir de la jurisdicción del caballo manifestó flojeza de remos. En el tercio de banderillas destacó la mala lidia dada al toro. Los banderilleros se lucieron y cada uno de los pares fue jaleado por el respetable. El maestro Ortega se dio cuenta de que al toro no se le podía hacer un toreo de sometimiento y tuvo que templar mucho la embestida para que este durara. Fue entonces cuando regaló un toreo cadencioso, aunque sin ligar, porque las pocas fuerzas del toro no lo permitía. Toreó de uno en uno y teniendo que esperar al toro. Hubo detalles, pases sueltos aunque con gran gusto, clase y elegancia. Entró a matar en la suerte contraria cobrando un pinchazo para resultar cogido sin consecuencias, fue al tercer intento cuando una estocada entera acaba con el toro. 

El cuarto de la tarde salió derrotando en tablas, manifestando un comportamiento incierto, al que finalmente se le pudo administras dos verónicas de bella factura. El toro en el caballo recibió un buen puyazo, que fue aplaudido por el público, aunque cuando es puesto por segunda vez el público protestó. El astado adolece de fijeza en los engaños y el maestro tuvo que sacar los pases de uno en uno. En esta lidia el torero le va consintiendo, aunque los pases no tuvieron continuidad ni ligazón. Aun así desplegó su toreo elegante y clásico, aunque con pases de uno en uno siendo mucho mejores por la derecha que por la izquierda, por este último el toro esperaba. Se denotaba un intento de agradar al público. Acabó su trasteo con un toreo de cercanías sobre la mano derecha que fue jaleado por el respetable, acabando con un desplante muy torero. Mató de estocada entera de efecto fulminante. Cortó una oreja y después de dar la vuelta al ruedo saludó desde el tercio.

El quinto de la tarde era un precioso chorreado que salió con pies, al que el maestro le propino  un precioso ramillete de verónicas que fue rematado con una media. Es muy jaleado en el galleo por chicuelinas con el que llevó al toro al caballo. El astado recibió un buen puyazo en el sitio. El quite por verónicas fue también algo que destacar. Los toreros de plata realizaron un tercio de banderillas lucido, saliendo trastabillado el banderillero en el último par golpeándose con el burladero en la cabeza sin más consecuencias. La faena de muleta empezó con la mano derecha, calando en el público, que estaba enardecido. Emilio de Justo estaba decidido y domeñó la embestida del toro con los vuelos de la muleta. Los pases eran largos, profundos, rotundos, de adelante hasta atrás de la cadera. El toreo más caro. Da una última serie pasándose al toro muy cerca, pero cuando muchos pensaban que iba a cortar otras dos orejas, en dos entradas haciendo la suerte como mandan los cánones pinchó en lo alto, teniendo que entrar una tercera para cobrar una estocada entera.

El sexto y último de la tarde salió al ruedo distraído, no propiciando el toreo con el capote. En el tercio de varas hizo sonar el estribo cabeceando. Además, salió cayéndose del caballo de picar. Empezaron a sonar palmas de tango por la condición de poca fuerza. Al tomar la muleta el torero sacó al toro a los medios, siendo desarmado. No se confíaba con el toro. Debido a la poza fuerza del animal, los pases tenían que ser de uno en uno. El toro poco a poco iba entrando en la faena con muletazos llenos de sabor, cadencia y torería. Juan Ortega fundamentó toda su faena en la mano derecha. Fue a por la espada cobrando un pinchazo en la suerte natural, poniendo al toro en la suerte contraria le mató de una gran estocada en lo alto.

Plaza de toros de Villanueva del Arzobispo. Toros de Santiago DomecqDiego Urdiales, saludos y oreja; Emilio de Justo, dos orejas y oreja; Juan Ortega, ovación y oreja

PUBLICIDAD



 



 

Comentarios

Colaboraciones

Publicidad

Entradas populares