Víctor Puerto alza la voz por Espartinas

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GUARISMO DEL OCHO 


  

Cuando me hicieron llegar las manifestaciones de José María Calado, en su condición de Segundo Teniente de Alcalde, en las que declaraba a Espartinas como un pueblo antitaurino, me vino ala mente un pasaje del cuento “El Principito" (Antoine de Saint-Exupéry): “La autoridad reposa, en primer término, sobre la raz6n. Si ordenas a tu pueblo que vaya a arrojarse al mar, hará una revolución. Tengo derecho a exigir obediencia porque mis órdenes son razonables”.

Estamos viviendo una época en la que nuestra clase política, parece actuar a capricho de sus propios impulsos, ajenos a cualquier razonamiento, y sobre la creencia de ser la voz de un pueblo, del que cada vez se alejan más. La función del dirigente público debe ser la de gobernar en interés de todos, más allá de sus gustos, ideales o creencias, aunque sea, nada más, porque todos estamos contribuyendo al sistema. Para muestra, el IBI de Espartinas, uno de los más caros del Aljarafe.

Si describimos, indiferentes a cualquier apasionamiento, la situación que dio origen a las declaraciones de José María Calado, debió ser algo así:

Un vecino del pueblo de Espartinas solicita el uso de unas dependencias municipales, sobre su legitimo derecho de poder disfrutar de un espacio publico, y para un fin concreto, prepararse para llevar a cabo su profesión, torero. Frente a esta petición, la negativa del Segundo Teniente de Alcalde. El motivo, lejos de esconderse, se ha gritado a los cuatro vientos: “Mientras nosotros estemos en el Ayuntamiento no se autorizaré ningún tipo de actividad taurina”.

La respuesta que se le ha dado a nuestro vecino duele, por empatía. Tener una necesidad y ser despreciado por el oficio que desempeñas debe ser indescriptible. Basta que nos imaginemos en esa misma situación, para comprender la importancia de una convivencia pacifica, independientemente de la ideología que se pueda sostener. No se trata de situarse a favor o en contra del sector tau10; sino, de defender la libertad de cada uno de nosotros, y un marco común de respeto.

Dicho esto, las palabras de José María Calado solo pueden producir eso, malestar, pero nada más. Su desaire es un acto arbitrario que ya se encargaran de redimir, pero que indudablemente carece de aptitud para dañar la actividad taurina. La soflama suena heroica, pero que sea beneficiosa para los
intereses de su pueblo, y que recoja el sentir mayoritario de éste, es discutible.

En definitiva, la tauromaquia, como patrimonio cultural español, no se hace peligrar por cualquiera.

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