La firmeza y determinación de Eric Olivera cortan dos orejas en Navas de San Juan

Crónica

@AAETPEDROROMERO


PATRICIA PRUDENCIO MUÑOZ

  

Navas de San Juan celebró una novillada noble en la que Carlos Fernández, Manuel Olivero, Víctor Acebo, Javier Ortega, Antolín Jiménez y Eric Olivera se midieron a los astados de Martín Carrasco. Los animales se dejaron llevar sin demasiadas dificultades, sin embargo, iban justos y medidos, por lo que la delicadeza y la suavidad formaron parte de cada faena. Es necesario destacar la actuación de Eric Olivera, capaz de parar el tiempo con el sexto, que fue el mejor del festejo. 

Carlos Fernández recibía al primero de la tarde con una larga cambiada de rodillas para después estirarse a la verónica hasta sacarlo a los medios y rematarlo. Inició la faena de rodillas probándole por ambos pitones, sin embargo, perdió levemente el apoyo quedando a merced del de Martín Carrasco. El animal obedecía por abajo, colocando la cara, llevando la embestida al compás. Le daba sitio y tiempo, la prontitud y movilidad del astado permitían la ligazón, aunque en cuanto se topaba con el engaño se volvía violento, por lo que el temple y la salida limpia eran necesarias para no deslucir. Se acabó precipitando, quiso hacerle tantas cosas al mismo tiempo que no se dejó ver. Los compases mejoraron con la mano izquierda, dándole amplitud y recogiendo la embestida para iniciar un nuevo pase. Culminó de rodillas con un astado corto y pegajoso, esas distancias no eran las suyas. Mató con aseo.

El segundo de la tarde resultó reservón, así que Manuel Olivero esperó... estaba totalmente abstraído de la tela, frenándose en la entrada, con un movimiento rectilíneo que poco a poco corrigió Olivero ampliando el recorrido y llevándolo en largo. Genuflexo, tanteándolo, llevándolo hasta el final... así iniciaba la faena. Había que reestructurar cada natural, sin obligarle, dejándosela puesta pero sin que tocara la tela. El animal seguía la franela, solo necesitaba que lo guiara, con temple, lo adentraba en el engaño para darle amplitud y después recoger la embestida. El de Martín Carrasco buscaba la querencia, por lo que no se le podía dejar tiempo. El espada demostró serenidad ante los parones del astado, sin deslucir, esperando, algo que le permitió su nobleza. Alargó la faena aunque mató metiendo la espada hasta la bola.

Víctor Acebo no esperó, lo recibió en su capote a la verónica, mientras, el animal repetía buscando. Genuflexo y por ayudados lo probó en el inicio de la faena. El animal salía suelto en busca de las tablas, había que llevarle muy metido, sin quitarle el engaño del morrillo. Por este motivo, Acebo le alejó de su referencia para que pudiera embestir con nobleza y pulcritud. Arremetía con pequeñas arrancas y cabeceos continuos en los naturales, por lo que no permitía ni un solo despiste. Estaba descompuesto, las oportunidades eran limitadas, necesitaba cambiar los terrenos, se le quedaba encima y la agresividad y las embestidas defensivas primaban. El novillo se mostraba ajeno, requería de un buen toque fijador que captara su atención y no se desvinculara. Cerró por manoletinas una faena en la que su entrega quedó más que evidente. Falló con la espada.

Javier Ortega recibió al cuarto con cuatro largas cambiadas de rodillas, captando la atención del público. En los medios se estiró y remató. Inició la faena de rodillas, con la mano derecha, tocándole y llevándolo en círculos, rematando una buena tanda. Sobre el pitón derecho lo llevó en largo, mostrándole la tela, dejándole pasar, dándole salida y tirando de él para impedir que se fuera. No bajaba la cara, por lo que la media altura marcó la faena. Los vuelos le ayudaron a meter la cara y colocarla, alargando sus embestidas, pero sin agobiarle, aguantándolo. Lo llevó a su ritmo, al natural, marcando los tiempos. Se expuso, con mucha delicadeza y temple, dejando buenas condiciones sobre el pitón derecho, por lo que tras reestructurar cada natural, lo exprimió. Culminó igual que inició la faena, de rodillas. Mató a su estilo y técnica.

Antolín Jiménez intentó frenar a un novillo al que enceló en la tela con decisión. Inició la faena en el tercio, genuflexo, tanteándolo por ambos pitones. Seguía dudoso, aunque con nobleza, las directrices que le marca el espada. Con mucha suavidad le supo llevar, solo el temple ralentizaba las embestidas, al tiempo que dotaba los naturales de amplitud y determinación, siguiendo el movimiento con todo su cuerpo. La mano baja no era una opción, además, Jiménez lo citaba con el pico, llevándolo hasta el final y devolviéndole a la muleta de nuevo. Sin brusquedades, muy despacio y con la mano delantera no conseguía la ligazón, pero sí el temple. Metió la mano y descabelló.

Cerró Eric Olivera con un saludo por una larga cambiada para después llevarlo a la verónicas hasta los medios, ganándole el paso. Atalonado en la arena lo recibía en la tela, muy paciente, esperando su atención, para después sacarlo al paso por abajo. La mano delantera lo citaba, el movimiento del brazo hasta el final, marcaba la muerte del natural y el giro el nuevo inicio. Tenía recorrido, profundidad, nobleza y movilidad, había posibilidades para expresar su Tauromaquia. Olivera le hizo las cosas muy despacio, la pierna atrás marcaba el prólogo y ocaso de cada pase. También le dejó su tiempo, evitando que se apagara antes de tiempo, pero siempre muy sutil, manteniendo esa expresión horizontal que lo mantenía fijo en la tela. Le abría lo justo, sin excederse, los dos se acoplaron a la perfección. Totalmente templado, se permitió sacar la raza y proporcionar al público algún que otro pase de pecho que no dejó a nadie indiferente. Pulcro y lucido fue el cierre, que pareció que las embestidas no tenían fin. Falló con los aceros, lo logró al segundo intento.

Navas de San Juan (Jaén). Novillos de Martín Carrasco para Carlos Fernández, dos orejas; Manuel Olivero, oreja; Víctor Acebo, petición tras aviso; Javier Ortega, oreja tras aviso Antolín Jiménez, oreja tras aviso; Eric Olivera, dos orejas.

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